¡Sí, acepto! o mejor dicho ¡Sí, me acepto!

En las buenas, en las malas, en las peores y las mejores épocas de mi vida.

Un día la vida me golpeó tan fuerte, que me marcó para siempre; esa vez fue cuando mi primer amor me traicionó…mi papá. Por mucho tiempo levanté mi frente y fui fuerte sin percatarme del daño; tuve la oportunidad de perdonar para poder continuar, porque entendí que el rencor solo me afectaba a mi y quería crecer sin verme como una víctima, aún con el perdón supe que algo estaba mal conmigo ¿qué estaba haciendo mal en el amor que me veía traicionada cada vez que me enamoraba? y es que lo queramos o no las mujeres traicionadas por nuestro primer amor cargamos con esto a menos que abramos los ojos y el corazón a sanarnos y amarnos más, para dar paso a la sanidad emocional, a empoderarnos y saber qué papel queremos tener en la vida.

Tuve que quedar con mi corazón en ruinas para poder dar paso a la mujer que realmente era y es que “las ruinas son un regalo, las ruinas son el camino a la transformación”.

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Comencé a entender y a dejar de verme a mi misma como una víctima de aquellos hombres que me habían traicionado, aquellos que no lograban ver que lo había dado todo, aquellos que hacían que me perdiera a mi misma; me perdoné, sí, me perdoné por haberme equivocado al elegir, por ceder y dejar de ser yo solo por un poco de amor y más aún por no saber qué quería.

Había pasado años saliendo de  a una relación para entrar a  y otra sin permitirme la oportunidad de sanar, de conocerme y amarme; y así comencé a darme mi espacio, mi lugar, a disfrutar de mi propia compañía y escuchar lo ruidosa que es la soledad, cuando ese ruido dejó de ser molesto fue cuando supe que había sanado, cuando ya el estar sola no era un peso, cuando supe decir NO, cuando mi único objetivo era que yo estuviera bien y cómoda con lo que hacía, cuando estuve yo primero antes que nada ni nadie. Me tomó dos años repararme, pero fueron de los mejores años de mi vida, un antes y un después.

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En tal punto me había enamorado de mi propia compañía y vivía negándome la oportunidad de abrirme de nuevo al amor, era demasiado riesgo después de todo, era la prueba o el examen final a todo lo que había aprendido, podía recaer y perderme a mí misma una vez más; todos esos pensamientos en mi cabeza y una gran muralla que nadie estaba dispuesto a cruzar.

Hoy… hoy puedo entender que fueron dos extremos que crucé para lograr el equilibrio y comprendí que “a veces perder el equilibrio por amor es parte de vivir una vida equilibrada”*. Tuve miedo, uno de los temores más grandes porque en mi corazón sabía que sería importante, porque ambos éramos muy diferentes, porque aun siendo yo una de esas que profesaban que no le importaba el qué dirán me quitaba la paz que dirían cuando tomara su mano, pero poco a poco mi felicidad pesaba más, tenía un caballero frente a mí y no podía negarme la oportunidad; ese hombre actuaba amor, sí, actuaba, porque cada cosa que hacía hablaba de amor y eso era lo que quería en mi vida, hechos, no más palabras. Y encontré mi equilibrio al lado de ese valiente que cruzó la muralla y que se la jugó por mí y quien ahora se la juega conmigo diciendo: “sí, acepto”.

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Logré mi equilibrio cuando me conocí, cuando me acepté, cuando me enamoré de mí y cuando logré amar sin que la palabra amor fuera sinónimo de sufrimiento; hoy entiendo que no soy perfecta y que nunca lo seré y que cada herida, hoy tiene una cicatriz que me hace recordar que es lo que no quiero en mi vida. Hoy descubro mi alma porque somos muchas las que merecemos borrar los estándares de una sociedad cuadrada y vivir siendo nosotras mismas pero más aún vivir haciendo lo que nos hace felices.

¡Acepto!

Autora: Katalina Fonseca Aguilar