Al final nos atrae más el caos que el orden.

Al final nos atrae más el caos que el orden, el pecado que la pureza, la risa que el llanto y el gemido que el suspiro.

 

Al final siempre nos atrae más todo aquello que nos vuelca el mundo de cabeza, lo que parece arrastrarnos por el camino del mal, pues a pesar de todo es un mal deliciosamente perfecto aunque terminemos derramando lagrimas por ello.

 

Por más de que estemos en busca constante de la tranquilidad, siempre andamos en busca de eso que nos haga perder un poco la cordura, lo que con todas sus letras nos arranque del camino del bien para llenarnos de gemidos más  que de unos cuantos suspiros.

 

Nos atrae todo lo pecaminoso, lo que nos borre el aliento de tan solo pensarlo un poco, lo que nos haga despegarnos del suelo y por supuesto nos haga olvidar esos cuantos problemas que parecen sacudirnos un poco. Buscamos lo distinto, todo lo contrario a lo que estamos viviendo, porque por más de que queremos estar en el camino correcto terminamos haciendo todo lo contrario a eso, sencillamente nos encanta vivirlo.

 

Jugar con el pecado, incluso con las malas intenciones del que tenemos al lado, de esa persona que nos subestima, pero que no sabe en realidad que tan dañada podemos estar por dentro. Vamos así, como trapecista en el circo de la vida, jugando con lo prohibido y tratando de no quemarnos mucho aunque al final también terminamos deseando eso. Porque aunque estemos en busca de tranquilidad, la terminamos dando por perdida.