Brindo por todo aquello que una vez me comí.

Brindo por esos cuerpos que de alguna u otra forma pasaron por mi piel. Los que yo misma escogí para mi sin importar lo que dijesen los demás.

 

Brindo entonces por haber hecho las cosas a mi modo y sin que la multitud se diera cuenta de ello. Supe escabullirme entre la multitud de un mundo que sufre por amor y probé cuanta piel se colocaba en frente.

 

Y no me siento culpable por ello, al contrario con mucho orgullo puedo decir que he vivido lo suficiente, probado lo que he querido y me he comido unos cuantos bistés de corbata y agradable aroma que se han paseado por mi casa. No soy santa y lo reconozco, prefiero morir admitiendo mis pecados que vivir ocultándolos por siempre; así soy y así me querré por siempre, tan yo, tan poco predecible que muchos  pueden decir que no hago lo que tanto hablo, pero a diferencia de ellos admito mis pecados.

 

Pecados por los que hoy brindo con mucho orgullo y mucha honra pues son míos y muchos de ellos aún me hacen agua la boca. Por todo eso que conseguí con esfuerzo y termine chupándome hasta los dedos, lo que llego sin preguntar o tan siquiera imaginar, y por último pero no menos importante, lo que se presentó y no dudo en quedarse junto a mí, para de algún modo regalarse por si solo y caer ante mis encantos.

 

Brindo por todo y por lo que aun viene hacia a mí, pues sé no poder resistir del todo.