Cuando un beso es delicioso todo se humedece.

 

Sin ninguna duda.

 

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Preparo mis labios, también les ofrezco un poco de mi humedad para compartirlos con los de él, que poco me tienen piedad. Es quizás el encuentro más delicioso que en días, horas y minutos se pueda comparar con otra actividad.

 

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Cuando nuestros labios se juntan, los modales quedan a un lado y eso de caballero y dama queda atrás, es imposible controlarse cuando se inicia con este delicioso gesto de cariño y pasión que se mezclan y no nos tiene ningún tipo de piedad.

 

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Esos besos se transforman en poesía, dejando todo lo malo atrás y el daño que una vez nos hicimos se borra de nuestras mentes. Nuestros besos no tienen comparación, ni siquiera un significado para nuestra relación, sencillamente es algo que no me puedo guardar solo como un deseo, pues por más que trate de reprimir ese apetito mi subconsciente me traiciona.

 

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Ese primer beso es sutilmente delicioso, un afrodisíaco mejor que los de la orilla de la playa. Es la glucosa en su mejor forma, sentimientos y emociones fabricados en un gesto que solo es sumamente delicioso cuando viene de nuestras partes. Y lo que luego sucede es algo impactante que me hace afirmar más; lo único, delicioso y preciso que es, pues todo se humedece como si nuestro cuerpo no pudiese ocultar más todo lo que hay de por medio.

 

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Es una droga natural que produce más efectos secundarios en mi cuerpo que cualquier otro medicamento, y está ahí para hacerme enloquecer. Por un momento mi cuerpo se separe de mi mente y produce estragos muy reveladores de lo que queremos suceda después, es solo nuestro cuerpo pidiendo más y más.

 

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