Dicen que detrás de todo gran hombre, existe una gran mujer.

Yo digo, que sin importar la posición siempre existirá una gran mujer mezclándose con su hombre.

 

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Tampoco quisiera especificar que somos dueños de los demás, pero sí, una vez que llegan a nuestra vida y nos vemos empapadas por ellos los convertimos en parte de nuestro día a día, por eso muchos crecen juntos, se forman y forjan como las herraduras en la pared.

 

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Una pared que han levantado juntos, elaborada con unas herraduras a base de amor y deseo, porque cada una involucra miles de cosas, emociones, sentimientos, acciones, situaciones, condiciones y un motivo por el cual seguir creciendo de la mano de esa otra persona.

Sí, es un tanto cursi, pero qué sería de nosotros si no lo fuese. Sí no existieran todos esos momentos que desbordan ternura y terminan en calentura. Un calor, un fuego distinto, porque incluso es único para esas dos personas que decidieron involucrarse tanto, al punto que crecen juntos como lo hacen las flores en el jardín.

 

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Y ver cómo esto sucede es realmente genial, expandirse, lograr cosas que solos estaban desarrollado, encontrar esa mano que cura a la otra, que la toma fuertemente para no soltarla, que se enreda entre sus dedos con honestidad, porque a este punto se han conocido lo suficiente para entender cuando uno ya no quiere sostener la mano del otro.

De eso se trata ¿o no? de mezclarse, nadie está detrás de nadie, están en conjunto y en sintonía, porque se conocen lo suficiente para saber cuándo aferrarse más, o cuando incluso soltarse.

 

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