Él es mi musa y mi arte. Mientras que yo soy su presa, su mejor amante.

Ese provocativo chocolate blanco que aguarda en la esquina de mi ca-ma, cabello castaño un poco desordenado y barba desorientada, es todo ese montón de células las que me hacen perder la calma.

 

 

Tal vez sea la heterocromia en sus ojos, los que me insinúen a cometer faltas, unas mejores que otras, pero sin duda es esa magnética mirada la que tiene en el otro extremo contemplándole con risas.

Y así es, no logro disimular la picardía que se dibuja en mí al verle, me siento como una artista del óleo viéndole como mi mejor pintura. Y él está ahí, permanece callado y ausente, paciente a mis encantos, pues cuando me distraigo un poco, sé que me observa de reojo.

 

 

Por el contrario yo lo veo sin disimulo, pues provoca en mi un sinfín de sensaciones que hasta ahora no logro controlar, el deseo se desborda por los colores de mis cabellos, y mis ojos parecen brincar de alevosía viéndolo a él como mi musa y mi mejor arte.

 

 

Y no porque lo creara, sino porque me inspira de todas las formas posibles, me insinúa y hace que yo también lo haga, pues tal parece que no necesito solo de mis manos para desvestirme. Pero aun así, y con toda esta imaginación saltando en mi cabeza, él me mira sereno y tranquilo, como quien contempla a su presa.

 

 

Una presa que sabe, en cualquier momento será devorada. Sin embargo seguimos al ritmo, al mismo tono. Yo le miro con pa-sión y ternura, mientras él aguarda a que sea yo, tal vez la que dé el primer paso.