El infierno nunca es tan salvaje como una mujer ofendida.

El infierno se queda corto y no arde para nada, en comparación con todo eso que puede llegar a sentir una mujer cuando ofenden su integridad.

 

Una mujer ofendida tiene una temperatura tal en su cuerpo que ni si quiera el mismo diablo podría soportar, esa sensación de querer acabar con todo a su alrededor aparece de algún modo, y bastan un par de palabras para que esto ocurra y mandar al mismo infierno a todo aquel que la ha ofendido con sus actos o palabras de por medio.

 

Es entonces cuando el calor de lo que todos llamamos infierno, queda simplemente como luces de bengala al lado de una mujer que esta ardida por dentro, que tiene la sensación de colocar en su lugar a ese montón de personas que se han querido sobrepasar con ella. Y una vez que esto sucede no es difícil darse cuenta lo que pueden doler las palabras cuando vienen de alguien en especial.

 

Porque aunque muchas parezcamos tranquilas y pacíficas, basta con una palabra mal dicha para que todo se nos caiga encima y no importe nada más. No importa lo que este frente a nuestros ojos, cuando nuestra integridad y personalidad cayó al piso por culpa de alguien más, por sus acciones o comentarios los cuales hicieron nos saliéramos un poco de control.

 

Un control que a veces cuesta mantener, el que por derecho como mujeres deberíamos poseer ante la sociedad, pero una vez que sucede todo lo contrario mandamos al carajo.