Él me hace perder el control, y confieso que me encanta.

Todo en el día ha sido manejado con control, reuniones, horas de comida, asignaciones, proyectos, absolutamente todo, sólo basta que llegue la noche y lo vea, allí el desenfreno dice presente.

Esa persona consiente, razonante y pensante se aleja de mí, la mujer de fuego se apodera no solo de mis pensamientos, sino de mi cuerpo, pierdo el control, y me gusta, confieso que me encanta.

 

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Me encanta esa mirada picara, esa sonrisa de medio lado, esos besos que me reciben, es la descripción perfecta del saludo que he esperado y anhelado todo el día.

En mi mundo laboral todo es rutina, día a día la misma cosa, claro hay un poco de emoción, también me gusta mi trabajo; pero es que con él nada es planeado, cada encuentro es algo nuevo, una aventura donde descubro nuevos placeres.

 

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Placeres que van desde un simple y suplique roce de sus dedos sobre mi piel, hasta el más grande, que es capaz de dejarme sin palabras.

Una copa de vino es la cómplice de mi saciedad, del triunfo de la mujer de fuego, cada sorbo es exquisito, es como celebrar una victoria, y realmente es una noche victoriosa.

 

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No entiendo su magia, no entiendo lo que provoca en mí, tan sólo cierro mis ojos y me permito disfrutar de ese hechizo que invade cada parte de mi cuerpo y desconecta mi poder de razonar.

Al llegar el amanecer vuelvo a ser la persona organizada y planeada, dispuesta a cumplir con mi trabajo, pero ansiosa de que llegue la noche y lo vuelva a ver.

By. Isabella.

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