Eras tentadoramente hermoso.

Eras tentadoramente hermoso, pero pinchabas cuando me acercaba.

 

Esa mirada era en cierta forma lo que me mantenía irrefutablemente atada a ti. Estoy clara que la belleza es interna y que el atractivo es superficial, pero esta vez tú eras más atractivo que belleza, y de igual manera te transformabas solo en eso para tenerme más y más atada a ti.

 

Cada parte de tu cuerpo era un imán para mi piel, algo de lo que no quise soltarme jamás. Estaba tontamente atraída por el brillo en tu mirada y tu sonrisa de don juan, y es que precisamente esa misma sonrisa me hizo derramar lágrimas de cocodrilo una y otra vez.

 

Pero, cada vez que me acercaba era peor que enredarme entre las rosas del jardín, una y otra vez salí pinchada por las espinas de tu cuerpo, las de tu alma y de tu ser, a tal punto que entendí solo salían a relucir conmigo. Fui yo la que desperté todo eso en ti, la que cada vez que se acercaba en busca de amor solo recibía desilusión tras desilusión, algo que con el tiempo aprendí a vivir y tal vez ese fue mi error.

 

Vivir con algo que no me merecía y mucho menos me correspondía, a pesar de que me deje impresionar por ti no lo eras todo para mí. No merecía tantos momentos llenos de espinas que luego me dejaron cicatrices que hoy puedo decir llevo con dignidad. Aquí la rosa era yo, aunque hasta ahora lo supe.