Existen tentaciones, cuyo único pecado es no hacerlas realidad.

Tentaciones con nombre y apellido, más una esencia única que te llena cada respiro.

 

Sí, tentaciones que vale la pena vivir en todo el sentido de la palabra por más de que no quieres sea así, de las que quieres vivir alejada pero es casi imposible una vez que te involucras en su almohada.

Y vale más la pena vivirla que dejarla solo en palabras, porque son de esas que te llenan el alma y te sacuden bajo las sabanas. Pasiones y amores llenos de deseo que de alguna u otra forma te mueven todo el esqueleto; aparecen para recordarte que eso también es vivir, más que refugiarse en la creencia de una vida sana, cuando incluso estos vicios te llenan la vida de una experiencia que pocos sabrán darte.

 

Y es que pocas veces se presentan tentaciones así, las que te colocan la vida de cabeza y de las cuales no sabes cómo rayos apartarte. Por más de que quieras estar a metros de distancia de ellas, te quedas ahí; aguardando con cautela a que te mueva como solo esa tentación sabe hacerlo por ti.

 

En el fondo sabes que vale la pena vivirla, dejarte llevar y cautivar por algo que aunque lleve el nombre de pecado por todas partes no está de más vivirlo y sentirlo como solo tú lo puedes hacer. Y vale la pena arriesgarse, pues esto también forma parte de tu vida, aunque pertenezca a tu lista de pecados, y es que de alguna u otra forma también sería un pecado no experimentar los gustos de la vida.