Hay heridas que en vez de abrirnos la piel, nos abren los ojos.

Heridas necesarias, las que nos hacen falta para que nuestros ojos se abran de una vez por todas, y es que a pesar de que nos duele hasta el alma, nos terminamos de dar cuenta que valemos mucho más que un par de lágrimas.

 

Son heridas estrictamente necesarias para nuestra vida, las que más que solo marcarnos la piel, nos hacen entender de una vez por todas que todo tiene un porqué.

Y es que a pesar de sentir como nos arranca la piel, al fin y al cabo son esas mismas heridas las que nos enseñan cómo vivir, y es que pareciera que de alguna forma nos quisiera. Si esas heridas están ahí para decirnos ¡Oye, vales mucho la pena! Nos hacen reaccionar, y más que pellizcar nuestra piel, nos pellizcan el alma de alguna manera.

 

Y si pretendes pasar por la vida sin ningún rasguño, no sabes entonces lo que estás haciendo para escribir lo que llamas vida. Las heridas vale la pena vivirlas y saberlas curar hasta el punto de cerrarlas y que se vuelvan cicatrices, porque nadie sale ileso de esta vida, y si así ocurriese qué estás haciendo entonces, solo respirar.

 

El amor, es casi siempre el que nos deja la piel rasgada, y por eso nos sucede para decirnos de una vez por todas que por algo valió la pena sufrir un poco. Porque aunque derrames lágrimas de dolor, es esa misma humedad la que te enseña aclarar la vista ante lo que te quiso afectar.