Hay insomnios que llevan nombre de persona.

De una en especial, la que logra colarse cada vez que quiere entre los sueños que a menudo aparecen cuando por fin logro dormir un poco más.

 

Insomnios que tienen nombre y apellido aunque sean difíciles de pronunciar, porque permanecen en un rincón de nuestra mente como un recuerdo que justamente aparece para no dejarnos dormir más. Están ahí, para hablarnos muy cerca al oído y enseñarnos con escenas lo que una vez fue y lo que quizás extrañamos.

 

Un extraño sentimiento que es casi difícil de olvidar, y que por ende está ahí para no dejarnos avanzar. Porque no nos deja descansar en lo absoluto por más de que queramos sea así, es escurridizo y aparece justamente en el momento en el que creemos olvidarlo por completo.

 

En el momento en el que queremos que desaparezca, y que se vaya junto a todo eso que aparece en nuestra mente, pero no; incluso es recuerdo se acuesta junto a nosotros sobre la calma, se convierte incluso en algo más fuerte que la propia soledad.

 

Te abraza, te mantiene despierta recordándote una y otra vez que no puede dejar ir eso que una vez te hizo feliz, y qué hacer, cómo olvidar completamente lo que no es necesario recordar, cómo pasar la página de algo que vive día a día en nuestra mente.

Es así como la vida poco a poco se nos va sin darnos cuenta, aferrada por completo a un pasado con nombre que se convirtió en tu insomnio presente.