Hay pecados que nacieron para nosotros.

Vestidos de traje, channel o quizás de vestido.

Pecados que le hacen honor a la frase y cada una de sus letras. Están ahí, para abrirte los ojos, las piernas, los sentidos y la piel. La culpa es de todas sus células que le permiten estar de pie.

 

 

Son pecados con brazos que te llenan de calor, piernas que se convierten en máquinas de ejercicio sobre un colchón y con olor propio que te arranca de tu piel para saturarse con el de ese pecado.

Y creo firmemente no solo en el hilo rojo del destino, sino que a cada uno de nosotros nos nace un pecado, algunos con una diferencia de edad tan grande que ni siquiera importa. Pecados que caminan por nuestra casa sin tener ningún tipo de vergüenza.

 

 

Por esa vergüenza es que le llamamos pecados, personas descaradas que incluso te desorientan de tu vida angelical. Esa vida que a veces te aburre por ser tan ordinaria y rutinaria. Entonces aparece este pecado que te merecías, y la adrenalina brota de los poros de tu piel como luceros en diciembre. Personas que se convierten en el promotor de tus momentos de perdición, de hacer las cosas que no creías harías jamás.

 

 

Momentos de locuras y aventuras que quizás reprimiste un poco hace años atrás, pero que ahora llegaron para quedarse y no quieres dejar escapar, porque te sientes bien, cómodo y satisfecho con lo que llego a tu vida, con ese honorable pecado muy pero muy diferente a ti.