Hay una epidemia llamada ganas y me está atacando lentamente.

Una epidemia que con mucho gusto me gustaría consumir, solo que quiero se transforme en algo mutuo y jamás vivido.

 

Esas ganas que aparecen cada vez que les da la gana, aunque en su presencia se disipan más. Me alteras los sentidos y la curiosidad, haces que mi mente se ponga a mil por hora y no logre concentrarse como merece, pues sabe que el momento oportuno es mezclándose definitivamente contigo y ahora.

 

Le cambiaría el nombre a esa epidemia y le colocaría el tuyo, pero es demasiado obvio, cuando mis sentidos hablan por sí solos cuando tu estas tan cerca. Me deslumbras la mirada y me desnudas la piel por sí sola, y es que ella espera que pueda ser tocada por la tuya sin importar lo que suceda después.

 

Somos un pecado en construcción, algo que ambos queremos que pase de una vez y ahora, sin importar lo que digan o piensen los demás, y es que a cada quien le llega esa epidemia llamada ganas con ese alguien tan especial. Una que parece aferrarse a nosotros para incluso mezclar el corazón, el alma y la mente, porque aunque queramos que todo sea estrictamente carnal, va más allá de eso hasta hacer lo inimaginable un hecho.

 

Esas son las epidemias que vale la pena vivir, las que nos remueven cada poro de la piel y nos enseña incluso de qué estamos hechos en un mundo donde a veces todo parece no moverse con pasión.