He visto mi piel arder al mínimo contacto con la memoria.

Es mi piel el botón que enciende los motores de mi memoria.

 

Y lo peor del caso es que arde cuando esos motores se encienden al recordar la piel de alguien más. Estalla en llamas aunque los demás no logren ver este efecto, y tal vez a todos nos suceda algo igual. Mi piel es un reflejo inédito que suspira cuando recuerda a esa otra piel que quizás me extrañe en silencio.

 

Un silencio que se dibuja en mi memoria, una reflejada por mi cuerpo. Es increíble como todo está conectado en mí, incluso esas sensaciones de querer vivir y morir al mismo tiempo, porque no lo tengo a él ni siquiera a su reflejo.

 

Mi piel me dice cuanto es lo que extraño, y me invita a seducir a alguien más con la intención de matar ese sentimiento en mi cerebro, pero es difícil y aunque por más mi piel se erice con otras pieles en mi mente se quedaron fabricados los muros de un amor que no llego a construirse completamente.

 

Es entonces, cuando en el silencio de mi habitación, veo como el reflejo del calor sobre sale de cada poro de mi piel, al recordarlo tan presente y junto a mí, sin importar si estuvo arriba o debajo de mí. Un calor inexplicable que solo desaparece si logro distraerme en algo diferente. Y aunque odie recordarlo es inevitable que una sonrisa escape de mi cara junto a rubor que se dibujan en mis mejillas por todos esos actos a escondidas.