La luna me convierte en tu amante.

Y es que prefiero a veces solo arrojarle la culpa a ella. A esa cómplice nocturna que nos hace perder el control, sobre todo a mí. Y aunque no tenga complejo de lobo y mucho menos de animal nocturno, su brillo me hace querer pecar con él, su claridad ante una noche estrellada me transforma en lo que ni yo misma sabia de mí.

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Es como miles de voltios que inducen a la atracción sin más ni menos, es la directora de esas escenas que no pueden ser nombradas entre los dos, me sonrojo de solo recordarlas y prefiero por eso seguir echándole toda la culpa a ese planeta en el sistema solar.

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No me canso de repetir en lo que me convierto a esas horas del día, en definitiva es ella quien me convierte en su amante, porque aunque trate de mantenerme como una dama durante el día, la noche conspira junto a ella como quiere. Soy yo y mis hormonas alborotadas, y todas esas otras cosas actuando conforme a su voluntad, me convierto y prefiero estar así.

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En definitiva es ella la culpable de esa pasión, de mis dedos paseando por su piel dibujando corazones con miel, es algo más que solo carne y juegos de seducción, son nuestros sentimientos al encontrarse que chocan como los planetas. Un beso inicial es solo la llave para entrar en lo que nos conduce por la perdición, desde ese momento en adelante soy yo entrando en frenesí de lo poco sospechado durante el día, y solo hago cómplice, testigo, culpable y director de esta transformación a esa incandescente pero luminosa luna.

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