Tu llamada llegó en el momento más oportuno

No esperaba escuchar tu voz, ni tu invitación a cenar.

Desde hace mucho tiempo no sabía nada de ti. De hecho, hace más de 6 meses fue la última conversación que tuvimos por chat. Somos amigos, a distancia, sin conocernos y vernos solo por fotografías pero al fin y al cabo, amigos. Y aunque ambos expresamos nuestro gusto el uno por el otro, siempre entendimos que lo de nosotros es algo complicado de concretar.

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Somos amigos, de esos que pueden dejar de hablar por medio año o 1 mes y sin embargo, siguen hablando como si nunca hubiéramos perdido contacto. Así de natural fluyen las conversaciones entre los dos.

Pero hace algunos días, recibí tu llamada y no podía creer que tu nombre aparecía en la pantalla de mi celular. ¿Qué? Me puse los lentes para leer claramente quien me llama a esas horas de la tarde. Si, definitivamente era tu nombre. No lo voy a negar, dude algo en contestar, lo nuestro eran las conversaciones por Messenger o WhatsApp, no las llamadas telefónicas.

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Pero contesté. Sentí unos nervios que hace tiempo no había vuelto a experimentar. Pero solo fue de momento. Al escuchar tu voz se me disipó todo ese nerviosismo y comenzamos a charlar.

Sabías que atravesaba un proceso de duelo por una relación que me dejó con profundas heridas, que amaba a esa persona, pero que poco a poco estaba logrando dejar todo ello atrás. Yo también conocía tu historia, amabas a alguien pero no lograbas una conexión completa y no querías conformarte con algo a medias.

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Luego de hablar por una hora, me confesaste que habías llegado de viaje hace un día a la ciudad donde yo vivía y querías verme, querías invitarme a cenar al lugar que yo escogiera, al que me gustara más. No lo podía creer, pensé que bromeabas, pregunté dónde estabas y te reté a encontrarnos en 30 minutos en un bar. Aceptaste.

Tampoco voy a negar lo siguiente: luego de colgar la llamada y caer en cuenta de lo que te dije, entre en crisis total. ¿Qué me pongo? ¿Me veo bien? ¿Por qué estoy empezando a dudar? Agg. Respiré y me dije a mi misma: Estás fa-bu-lo-sa, deja el drama y toma un taxi ya.

 

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Al llegar al lugar, bajé del auto y te reconocí de inmediato. Eras inconfundible, tenías esa enorme sonrisa que siempre vi en fotografías. Nos abrazamos, fuerte como si nos conociéramos de años y al separarnos, estiraste mi mano y la besaste como si de una reina se tratara. Adoré tu mirada.

Lo que pasó después fue sencillamente genial: caminamos, conversamos, entramos al bar, bebimos, reímos, bailamos, se hizo de noche y cuando caímos en cuenta del tiempo, puedo decir que ninguno de los dos se quería marchar.

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Antes de despedirnos, te acercaste a mí y besaste mi mejilla, quedándote lo suficientemente cerca para sentir tu respiración. No, ninguno de los dos se quería ir. Así que nos besamos: despacio, delicado, tierno y luego intenso y sensacional. El deseo era mutuo pero decidimos parar. Quedamos en vernos en unos días.

Y a decir verdad, no sé lo que pueda surgir entre nosotros, ya lo averiguaremos en unos días más. Pero de lo que sí estoy segura, es que tu llamada no pudo ser más oportuna, nunca tan oportuna.

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