Llorar es regarse para crecer más fuerte.

Se vale, una y otra vez; llorar y llorar para drenar el alma.

 

Sin duda es una forma de regar cada parte de nuestro ser, para decirse a uno mismo que se vale decaer, que se vale sentirse de este modo para luego volver a florecer, porque si es de repetirse así se tiene que hacer.

 

Es incluso dedicarse tiempo a un mismo y humedecer la piel, es sentarse en la soledad de uno mismo y entenderse también, entender que se sobre vive a veces y que vivir es siempre porque incluso en los días más soleados de repente cae una brisa que refresca todo a su alrededor.

 

No se vale entonces reprimir un sentimiento de dolor, tratar de hacerse el ciego ante algo que surge en el interior. Es de este modo como nos damos cuenta que por más de que queramos hacernos los fuertes siempre hay algo que nos carcome desde muy dentro, circunstancias o personas que nos traen los recuerdos, las que nos quisieron quitar el brillo o apagar por completo.

 

Pero no, siempre es válido llorarse uno mimo y sentir un luto aunque sea por un momento, es una manera sencilla de regar nuestra alma para surgir mucho más fuerte de lo que ya se es, porque la fuerza siempre está ahí;  solo que a veces no la vemos.

 

Una fuerza que se transforma  en fortaleza y nos hace sentir más fuerte en contra de todo lo que se venga. Lo que nos hace permanecer de pie, como las rosas en el jardín.