Lo peor de pensar siempre mal, es que aciertas siempre.

Aunque guardamos un deseo muy pero muy escondido de que las cosas no sucedan como nuestra criminal mente se las imagina, cuando pensamos realmente mal, casi siempre terminamos acertando aunque al final muchas veces nos tapemos los ojos.

 

Sabemos cuál será el final de algunas situaciones, porque es su principio lo que nos da un indicio de cómo puede suceder todo. Pero ahí vamos poco a poco chocando con todo, llenándonos la vida de momentos incomodos, que no son malos al final, solo un poco llenos de nosotros, porque nos cansan, nos ahogan succionando nuestras energías poco a poco.

 

Pero justamente son esos pensamientos los que nos llevan a la verdad de algún modo, nos dicen sin anestesia dónde rayos estamos paradas y lo que se nos viene encima. Y es que cuando pensamos mal de algún modo eso termina haciéndose realidad, es como si atrajésemos las cosas a nuestra vida y sin pensar.

 

Como si en realidad estuviésemos al tanto de todo lo que sucede. Piensa mal y acertaras, un dicho muy viejo en el tiempo que solía decir mi abuela, y es que por ello siempre le hice caso a sus consejos. Porque cuando sabemos la verdad de las cosas no es en realidad que aciertes en tus ideas, sino que sean totalmente verdad y de alguna forma te sacudan por dentro, pues como dije siempre reservamos una pizca de que no sea así.

 

Hay que tener malicia, sí; no ser tan sumisas y blandas cuando las cosas se nos presentes en, incluso cuando vengan de quien creemos confiar.