Los dulces más sabrosos, son los que se comen a escondidas.

¡DULCES! Cabe destacar.

 

Imagen: Weheartit

 

De nada serviría lanzarse a los brazos del riesgo con quien de dulce tiene muy poco, pero me estaría contradiciendo, pues bien es cierto que si nos atrevemos a todo por el todo es por ese alguien dulce y provocador, porque las ganas del cuerpo aparecen de la nada. Sencillamente es algo poco fácil de explicar, es su esencia y cuerpo envuelta en azúcar lo que nos hace caer en la locura, muchas veces prohibida.

 

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Y así suele suceder, esas golosinas con forma de cuerpo humano nos hacen perder la cordura y saben mejor cuando se comen a escondidas –para no compartir con nadie más- y pensar que muchas veces esta es una condición que traemos desde nuestra infancia. A muchas nos obsequiaban una golosina y compartirla con otra niña era una completa locura acompañada de unos cuantos pucheros.

 

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Tal parece que de grandes esta condición perdura y se apodera de nuevo de nosotras, lo queremos solo nuestro y comer a escondidas es la mejor opción, otro jueguito bien guardado entre los reflejos de la mente, por algo se jugaba desde corta edad en el jardín de infancia. Tal vez  son actitudes que aprendemos desde chicos pero ponemos en práctica al crecer ¿casualidad? No creo.

 

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Lo cierto es que esos pequeños bocados llenos de glucosa que provocan adicción son mejores cuando se comen a escondidas, la adrenalina se dispara sin que el mundo exterior se entere. Es la aventura de la pasión muchas veces prohibida pero deliciosa, donde la ropa es una simple envoltura de caramelo cómo el plástico –estorba- lo que queda es ir por más hasta malgastar el dulce.

Esos de los cuales el mundo no tiene ni la menor idea que devoramos.

 

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