Madurar es entender que ya no eres la misma aunque tengas la misma piel.

Cómo mantenerse alejado de lo que uno realmente quiere. A veces lo sentimental se apodera de mí, no dejando espacio al sarcasmo y a esa dosis ácida que me caracteriza como persona. Pues en los últimos meses después de tantas aventuras de cama y noches peligrosas, algo en mi cambio. Y no diré que senté cabeza del todo, más bien algo en mi despertó y se desencadena con locura y sin permiso.

 

Imagen: Tumblr.

 

Es como si decidiera madurar de la noche a la mañana, ya no soy la niña sentada en el jardín de mi casa jugando muñecas. Cambie toda esa ropa rosa por abrigos y casacas grises, que me hacen ver más señora, aunque ni siquiera he llegado a pisar el tercer escalón de mi vida, en el cual muchos ya no están.

 

Imagen: Weheartit.

 

Dejé cuerpos y momentos atrás, de eso se trata, crecer y avanzar creo. Pero, lo que realmente hasta hoy me hace sentirme más cursi de lo normal es toda esa genética igual a la mía que en la distancia me extraña, y que entre sus conversaciones de sábado por la tarde me nombran en una mesa donde solo hace falta mi taza de café morada.

 

Imagen: Weheartit.

 

Así es esto de crecer, no solo de embriagarse los viernes y querer remediar los estragos el sábado en la mañana, ya no solo se trata de cuantos cuerpos han pasado tan cerquita de mi piel. Es extrañar lo que durante mucho tiempo estuvo a mi lado y quizás no supe valorar, es tratar de sonreír en el silencio para no dañar la tarde fría de una ciudad que no es la mía.

 

Imagen: Weheartit.