Más que él mi jefe, yo soy una aprendiz de mi nueva yo.

Lunes por la mañana, sentía que había algo más fuerte que ir al trabajo, mantenerme y cubrir mis gustos, mi jefe.

 

 

Sí, las ocho o incluso más horas que pasaba en el trabajo todas lo involucraban a él. Y no, no era la típica secretaria que corría detrás de él, con agenda en mano, ni su asistente y menos su amante. Era yo, la típica pasante universitaria que se quedó estancada en ese trabajo por dos simples razones: mi superación profesional y él.

 

 

Un jefe muy distinto a los demás, que escasamente podría llevarme menos de diez años. El que me tenía como borrega viéndole pasar, y es que el es la combinación perfecta de elegancia, educación y masculinidad, de tan solo describirlo se me hace agua la boca.

Se pasea por los pasillos siendo gentil, porque sencillamente no es nada bueno verle enojado, y ahí estoy yo, la mujer que cumple arduamente con sus obligaciones y con la que el bromea le presente su novio. Un novio que existe a expensas y como producto de largas horas dentro de la Universidad, pues después de conocer a este hombre él paso a segundo lugar.

 

 

Hasta que un día, coincidimos saliendo de la oficina y le acepte llevarme a casa, solo que antes nos detuvimos a platicar con unos amigos suyos en un bar. Entre risas, trabajo y copas nos quedamos solos, entonces soportar su mirada era inútil; tal vez era el licor o la tensión que existía ente los dos.

 

 

Deje entonces lo de mujer profesional a un lado, y saque mi lado más sen-sual. Incline mi cabeza y mordí mi labio inferior, cual película de amantes pareciera. Y funcionó, un beso cerro esa tentación que desde hace años venia esclareciéndose en mi cabeza.

Ahora, me escabullo en mi hora libre entre su oficina, mientras por las noches él sale a buscarme. Mi novio ahora es un “ex” y yo cada día conozco más mi lado sen-sual.