Me estremece y encanta, pero solo lo puedo compartir.

Me distrae con facilidad, está ahí para decirme lo que tengo que hacer, no hay ni siquiera para dónde agarrar pues lo veo en cada rincón de mi hogar.

 

Y esto es lo que sucede cuando la mujer se deja cautivar por el encanto de un hombre un tanto amargo, o algo así es lo que quiere demostrar. Me sucumbe con los encantos de esa apariencia seria y sofisticada que se pasea con un muy buen perfume por mi lado.

 

Uno que me tiene atada a sus pies y hace conmigo cada cosa que quiere sin ni siquiera preguntar para qué. Es el azúcar morena que me encanta probar, el helado de chocolate que no me canso de comprar y aunque parezca ser un caramelo amargo veo en él todos los encantos que pueda haber.

 

No hay más remedio que caer poco a poco, dejarse llevar cada minuto que paso a su lado, porque hay que aprovecharlo. Son pocas y contadas las horas a su lado, por más de que quiera más solo con ese me puedo conformar. Así lo acepte y no hay mucho que hacer, tratar de cuidar no dejar marcas en su cuello y aguantar este frío que me recorre la piel cuando estoy a su lado.

 

Es casi imposible pero hago todo lo que puedo, y es que al final termino cayendo abatida ante sus encantos. Su experiencia y madurez es la que me tiene así y aunque lo quiera completamente para mí, sé que debo compartirlo con una piel distinta.