Me paseo por la casa sin ropa, a ver si alguien se topa en mi camino.

Libertad, así lo llamaría yo. Esa seguridad y confianza que me hace caminar desnuda por mi casa. Quizás a veces a la espera de que algún intruso se cruce conmigo, más que yo con él.

 

Un intruso que pasa diez horas diarias en una oficina, mientras yo me quedo en casa escribiendo en mi computador. No somos tan diferentes viéndolo bien, pero nos hemos convertido en la suma de nuestras acciones y parece ser más interesante la vida solitaria de ambos, qué la que una vez juramos los dos frente a un altar.

 

 

Sin embargo yo trato de salvarla en el camino hasta mi escritorio, por si él llega y me ve con otros ojos. Aprendí a preparar la cena, así, como dios me trajo al mundo, para ver si aún me conservo en él, junto a la persona que creo solo yo le soy fiel. Pues hasta eso ha pasado por mi mente, creer que no soy la única en su vida y a veces prefiero no indagar.

 

 

Mientras tanto me escabullo entre mi ropa y dejo al aire libre todas esas imperfecciones que por supuesto él conoce más que yo. Cicatrices, estrías y algunos kilos de más que con los años he ganado, algo que por su puesto exclama su nombre mil veces al día. Esos son mis días, hasta que el sueño muchas veces me vence y opto por irme a dormir, y aunque parece irónico, después de tanto permanecer al natural, al caer la noche me escondo entre mis cortas pijamas, como quien experimenta de todas las formas para ver con cuál lo entusiasmo más.

 

 

Pero no lo consigo, y me estoy agotando. Tendré que llamar de nuevo al joven jardinero que arregla mis flores, y pasearme por la casa como siempre lo hago, a ver si alguien se topa en mi camino.