Me trataste con el mismo desgano con el que se sirve un café frío.

Me trataste con el mismo desgano con el que se sirve un café frío. A mí se me enfrió el desayuno, pero a ti se te enfrió la mujer.

Ana Elena Pena.

Lo hiciste a tu mejor modo, de la manera en la que te gusta tratar a una mujer. Con la indiferencia y el orgullo entre los dedos, y a pesar de que creí no eras un hombre machista, mayor sorpresa la mía, lo sacaste a relucir con tanto brillo como un diamante.

 

 

Fuiste tanto para mí, que “creí” nunca cambiarias. El primer error antes de servir el desayuno en nuestra mesa y ni siquiera yo me di cuenta. Pero mientras tú me dejabas en el olvido, en la esquina de esta historia, yo me mantenía de pie buscando un plan B. Y tú creyendo que me sumergiría en el llanto frío y amargo de mis lágrimas.

 

 

No bebe, porque mientras tú te sentías satisfecho enfriando el plato en esa mesa, también se te enfrió la mujer. Te encargaste de apagar nuestros días, o los que yo creí eran nuestros, trataste de nublarme para que no mirase hacia atrás. Para rebuscar y encontrar lo que una vez fui pero deje ir por ir tras tus rastro.

 

 

Luego de tantos cafés que serví calientes sobre tus mesa, después de tanto fuego producido por mí, tanto calor y calentura que salían de mis manos al verte y que terminaban sobre ti. Después de todo eso, y quizás un poco más, tú decides servir lo que queda de este amor con un café frío y enfriar lo que fuimos. Mi más consideradas condolencias, porque ese día usted perdió a la mujer que era a su lado.