Mi memoria es de carne, que suelten los perros.

Soy vulnerable ante mi memoria, no me permite olvidar y a veces avanzar. Esta ahí presente como un albañil en una construcción, a veces quisiera arrancarla de mi cabeza para que no me martirice más, va y viene de manera inalcanzable a traerme todo lo que ya es inutilizable.

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Prefiero estar en la tranquilidad de no revivir mi pasado que insistir en alimentar lo que ya no se pudo, porque es eso; mi memoria es mi mayor contrincante y en esta pelea ni siquiera existe un árbitro, me pierdo en el camino y lo único que me guía es la intuición de que debo avanzar, con un letrero en el pecho que indique que mi memoria es de carne para ver si sueltan los perros.

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Es malvada conmigo, insiste en traer recuerdos al escuchar canciones tristes, todo lo que deje en un baúl sale de repente a relucir como delincuente en un cartel en la estación de policía. Y aunque tengo que darle su merecido agradecimiento porque me ha hecho recordar a donde no debo volver, juega de vez en cuando y me hace cometer el mismo error.

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Insisto en querer dejarla ser, pero me sofoco cuando llegan todas esas memorias traídas por ella; besos, caricias y abrazos de la persona que más ha marcado mi vida como quiso, un mecanismo tramado perfectamente por ella cuando quiere dibujar una sonrisa en mi rostro o ver deslizar una lagrima por mi mejilla. Ahí está presente por el día y trabajando a todo motor durante la noche, su único descanso es al dormir en los brazos de Morfeo, pero de vez en cuando me coloco el anuncio que es de carne para que suelten los perros.

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