Mi cintura es tu frontera.

El limite más perfecto y cauteloso que una mujer puede tener.

 

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La curva de retorno a lo ya incursionado  en el pasado y la puerta hacia lo más buscado. Lo que esconde una blusa o vestido, y que de forma delicada se marca para diferenciarnos de esos mortales que pierden la cordura con tan solo acariciarla.

La frontera más difícil de cruzar, aunque algunas no manejen ciertos requisitos y obligaciones para ello, donde solo existe una autoridad que le permita el paso a esas grandes manos que en muchas oportunidades hagan que perdamos el control.

 

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Mi cintura se ha convertido en mi mejor aliada, está bajo la administración de mi razonamiento aunque mis sentimientos, emociones y hormonas quieran ser los mejores rufianes en cada ocasión donde las manos traviesas de un hombre la rodean tratando de sostener lo que ya encontró.

 

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Una mujer con un sur bien planteado, y con un sur corporal buscado con ansias por las manos de un hombre, que aunque quiera mantener fija su cordura con unos cuantos besos pierda el control. Y es que tengo un norte repleto de besos y sonrisas, de gestos y emoción, de palabras, suspiros y gemidos que sé repartiré en un colchón; pero en el sur seguirá estando lo tan buscado y añorado, por los que muchos emigran con esmero para encontrar ese sueño de establecerse ya sea por un rato o de por vida.

 

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La curva de la perdición, del avance o del retorno. En la que sin los papeles suficientes ese sueño no se podrá cumplir. Sin permisos temporales y menos permanentes, pues una vez estando ahí soy yo quien decide si se puede pasar o dejarse ir.