Nadie se aburre de lo que es mutuo.

De todo eso que nos dan minutos y segundos llenos de infinidad de placer repartido en partes iguales.

Porque cuando ambos dan lo que quieren, sin fijarse lo suficiente si al otro le apetece, el aburrimiento nunca aparece. Y es que cuando dos personas se mezclan con las mismas intenciones esto llamado sedentarismo quizás, nunca abre un paréntesis en sus vidas a menos que uno de los dos lo deje entrar.

Escuchen o lean bien, ningún ser humado desiste de las riendas del amor cuando vienen repartidas de esa persona que se encontró para su vida, ambas saben que se cruzaron con una doble intención, con ser miembros preferenciales en la vida del otro y llenar su vida de otros momentos con todo tipo de color.

Nadie en esta tierra se aburre cuando obtiene lo que con tanto esfuerzo ha dado, menos si esto duplica la dosis de lo que concedido. Es obtener parte de las riquezas que la vida nos da a diario y que muchas veces no valoramos. Momentos cruciales donde dos cuerpos se convierten imanes de un mismo fin, dar y recibir por partes iguales, sin ni siquiera preocuparse porque esto pase o deje de ser.

Y es que cuando se quiere de verdad no importa la cantidad sino la calidad, dar sin esperar a nada a cambio y aquí la maravilla cuando se obtiene lo contrario. Por esa razón cada día nos convertimos en humanos, en cuerpos que son más que piel, músculos y huesos.