No era amor, eran hormonas.

Y por fin entendí que no era lo que yo creía…

Eso que una vez llegue a llamar como un sentimiento, no era más que una alucinación del desespero de mis hormonas, quienes me hacían perder la cabeza por él. Ellas me llevaban por el camino de la locura y me provocaban emociones que yo creía conocer, debe ser por ese motivo mi confusión.

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El gusto hizo su aparición formal como representante oficial de esas obstinadas hormonas. Entendí que mi necesidad por estar cerca de él no era más que su trabajo oficial. Que esa terrible sensación de querer su presencia y persuadirlo con unos tantos besos era un extra en su situación laboral.

Cuando supe que ya mis hormonas estaban más que conformes y satisfechas todo eso que creí sentía desapareció,  entonces ese sentimiento puro y tan perfecto nunca existió, era el gusto mezclado con tentación y deseo. Todo un total conjunto de elementos bien organizados por mis audaces hormonas, quienes de vez en cuando se colocaban de acuerdo con mi cabeza para enredar mis acciones y emociones.

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Pero hay algo que no se puede reemplazar, las necesidades de la mente son muy ajenas a las del cuerpo. Mis hormonas se dedicaban exclusivamente a las de mi cuerpo pero querían usurpar las funciones de mi mente, la cual muy astuta y una vez aburrida de lo mismo tomo con responsabilidad su puesto. Entonces lo que una vez creí sentir no era más que un espejismo inventado por ellas.

El amor es un sentimiento difícil de comprender y es por ello muchas veces lo confundimos con tantas otras emociones, queremos remplazarlo mintiéndonos a nosotras mismas con eso de “estoy enamorada de él” cuando en realidad son nuestras traviesas hormonas hablando y necesitando cubrir el sueldo de nuestro cuerpo.

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Los sentimientos son puros y precisos. El amor es algo completamente puro y quien lo siente no tiene una explicación exacta para él. Sencillamente lo siente.