No se puede conservar lo que no se tiene.

Por alguna u otra razón, nos aferramos a cosas, situaciones y personas durante toda nuestra vida. Creemos incluso ser los dueños por derecho o por tiempo de todo eso que pasa por nuestras manos.

 

Pero he ahí el detalle, todo eso pasa como lo hacen los vehículos sobre el asfalto. Las personas pasan por el camino de nuestra vida, todas nos muestran y enseñan algo, pero solo la que nos corresponden se quedan a nuestro lado sin ni siquiera pedírselo, el resto a las que creemos conservar sencillamente son estrellas fugaces con una enseñanza para nosotros, esa que realmente debemos conservar.

 

Porque eso es lo único que se conserva, lo que se queda con nosotros. No se puede conservar algo que no se tiene, algo que se convierte en agua entre nuestros dedos. Cómo retener algo que ni siquiera es para uno, algo que le pertenece a alguien más.

 

Y es que la vida a veces es tan picara, que te da a probar y de la misma forma te quita eso sin antes preguntar, coloca a prueba tus capacidades, tus fortalezas e incluso tu inteligencia, y es que hasta la persona más inteligente puede llegarse a obsesionarse por eso que se mueve entre sus manos.

Sobre todo a esa persona que se tuvo entre las manos y de la que nos creíamos dueños, pues nadie puede conservar algo que solo paso como lo hace el viento. Es creer tener algo cuando en el fondo, muy en el fondo no es así. Incluso lo sabemos.