Quien lleva fuego en la sangre no necesita el infierno.

Hay quienes llevan el calor del viento y la fuerza del mar sobre su cuerpo.

El calor como un detonante de aventuras que no necesita de permisos y mucho menos de facturas, un fuego que no se apaga así nada más, tan puro tan violento y volátil que a muchos hace volar.

Los lleva a las alturas y los hace saltar, como pequeños niños que se divierten sin saber que están pecando un poco en ese fuego ardiente.

Un fuego que no se extingue y que mucho menos necesita de los demás. Porque cuando calienta la sangre muy dentro lo que sucede fuera poco a de impresionar, no existen situaciones y mucho menos acciones que superen las de un alma que no se cansa de aventurar.

Aventuras llenas de adrenalina, las de un alma enfurecida. Con apetito extremo que pocos son capaces de saciar. Remojar el cuerpo ni siquiera es suficiente para calmar la temperatura que camina entre las calles de la ciudad, la que exhibe su vapor como un adorno más que pocos han de llevar.

Hay pocas de estas personas que llevan fuego en la sangre, muchos lo esconden sin saber cómo proclamarlo, otros lo llevan con orgullo en la piel; mientras que el resto ni siquiera sabe que existe en ellos hasta que explotan de placer.

Porque quien lleva fuego en la sangre, ya sabe qué hacer con él. No necesita de un fuego, pues ya él es uno solo andando entre la sociedad.