Se dice el pecado. No la penitencia.

Pecados, insignificantes gestos que te pueden llevar por el camino de la perdición y la maldad.

 

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Solo que en algunos casos estos pecados son tan pero tan tentadores que no te importa quemarte en el infierno junto con ellos. Algunos se dicen y se llevan con orgullo, se hacen en silencio y en conjunto con otro pecador, son justo ese tipo de pecados que todo el mundo ha cometido pero que casi nadie quiere reconocer. Pero para quienes andamos sin filtros, preferimos pecar y asumir la situación más no decir lo que nos toca pagar, cómo, cuándo y mucho menos en dónde y en qué posición.

 

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Así vamos, sumando pecados a nuestro camino de vida, y en realidad qué sería de la vida sin ellos. Es de humanos pecar, y por más que estemos metidos en algún recinto santo dándonos golpes de pecho es natural tener algún toque de maldad, en su mayoría ese toque carnal que a todos absolutamente a todos nos enloquece.

 

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Porque nadie puede decirme que no se ha sentido a gusto cometiendo alguno de este tipo y si han sentido un poco de remordimiento de conciencia es normal y aun así seguimos cometiendo los mismos pecados. Sencillamente es algo que nos pertenece, no puede faltar en nuestra lista de vida, en esa gran lista de ítems por cometer en este mundo, solo que lo mejor se hace a escondidas y callado; porque quien come callado, come dos veces.

 

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Y así seguimos, haciendo las cosas a escondidas, porque sencillamente nadie puede entrometerse en nuestras acciones, a menos que estén involucrados terceros, para lo que estoy segura en este tipo de pecados es así.