Sin arrepentimientos.

Así como cuando sabes que metiste no los pies si no las piernas hasta el fondo del charco, así.

 

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Y esta vez no le lanzare la culpa a ninguna bebida alcohólica, fue el momento, fue la tensión, la tentación hecha piel y la mirada delante de un niño travieso. Aunque cantidad infinita de veces me digan que deje mi mente en blanco, yo sencillamente no puedo. Soy una constante maquina creadora de pensamientos e ideas, algunos me torturan día a día, a tal punto de privarme de algunas cosas.

 

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Pero, por otro lado existen todos esos hechos vividos en mi mente y en mi ser, verbos de los cuales no me puedo arrepentir por formar una parte importante de mi vida, esta transición que estoy viviendo tan pero tan rápido que me da pavor estrellarme y lastimarme nuevamente.

 

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Pero, la vida está llena de eso, de golpes, rasguños y unas cuantas heridas; y por más que queramos arrepentirnos de todo eso borrarlas es imposible. A estas alturas del partido ya no pueden existir arrepentimientos, a mi edad lo vivido solo me sirve como experiencia para no cometer los mismos errores, mientras que lo bueno aun me saque una sonrisa del rostro.

 

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A mi edad, cuando la adrenalina está casi en la cúspide, ni siquiera debería existir la palabra arrepentimiento, pues dicen que los veinte es la edad de las locuras. Locuras que por mi personalidad aun me cuesta llevar a cabo, y cuando ya las he realizado analizarlas me puede llevar hacia el límite del arrepentimiento.