Sin rencores, pero con memoria.

No soy de guardar rencores, ni malas energías en mi alma y corazón, pero algo que sin nunca morirá es esa memoria que me hace recordar, me mantiene al margen y de pie ante las cosas  que no volveré hacer.

 

Porque aunque no guardo ningún tipo de rencor pocas veces olvido, menos cuando son circunstancias que han hecho mis días grises y algo amargos. Es así como poco a poco mi mente me pasa factura diciéndome que no eche de menos a todas esas personas que de algún modo se han portado mal conmigo, y no por cuestión de venganza, más bien de integridad y orgullo.

 

Esas dos palabras que junto a la dignidad no pueden faltar en nuestro vocabulario personal. Porque debemos llevarlas con orgullo para que no nos sigan lastimando más. Una memoria que con el tiempo nos dice qué debemos dejar pasar y qué no, porque siempre va a estar ahí para recordarnos lo que nos hizo y no nos hizo daño, para ver si somos tan estúpidos en volver a caer en el mismo error.

 

Y es que hay heridas que poco a poco se van suturando solas y aunque tratemos de olvidar por completo la memoria parece divertirse al recordar, y no hay más remedio que aguantar, dejar que las tormentas se calmen poco a poco y avanzar.

 

Porque aunque la memoria nos pertenezca, no hay que alimentar el odio y el rencor, al contrario; amar y seguir sonriendo por el mundo tan valioso en el que estamos viviendo.