Solo hay dedos que me recuerdan lo mal que estoy…

Es fácil lanzar a alguien al agua sin antes haberle preguntado si quería nadar o si sabía hacerlo. Eso hacemos todo el tiempo con las personas.

¿Quién sabe de monstruos? Todos hablan de ellos, suponen que son reales, pero pocos los conocemos. “Tienes que ser fuerte” como si la fuerza se comprara en la tienda, como si ser fuerte condicionara tu valor como persona.

Y qué si no lo soy. Y qué si la fuerza se acaba, si se evapora.

No necesito otra cosa más que empatía, pero solo hay dedos que me recuerdan lo mal que estoy.

Tú no sabes de monstruos si exiges a otro agarrarse de algo que se ha ido desmoronando toda su vida. Tú no sabes de monstruos si no te has desgarrado la garganta conteniendo el llanto porque temes, porque temes que te tilden y te juzguen como siempre lo hacen.  Tú no sabes de monstruos si sientes que eres feliz, que tienes lo suficiente, que eres afortunado, que eres bendecido. Tú no sabes de monstruos si le llamas drama al sufrimiento de otro. Tú no sabes de monstruos si no has llorado en tu cama sintiendo que morir sería suerte.

¿Quién sabe de monstruos? “Deberías salir de la cama”, “Deberías tomar un poco de sol”, “Deberías ir a la calle”, “Deberías cambiar tu actitud” “Deberías integrarte”, “Deberías conocer personas”. Mierda. Mierda. Mierda. Tú no sabes de monstruos.

Y lo intentamos, ser más como esas personas libres de monstruos, pero les repelemos, es evidente. Y no lo entienden. No lo asimilan. No lo aceptan. “Nada puede estar tan mal”. ¿Y si siempre todo ha estado mal? ¿Y si llevas años decayendo y nadie lo ha notado a propósito?

Es fácil lanzar a alguien al agua sin antes haberle preguntado si quería nadar o si sabía hacerlo. Eso hacemos todo el tiempo con las personas. Las lanzamos al agua sin haberles preguntado si sentían cómodas con ello. Es demasiado fácil juzgar una vida cuando no es la tuya. Es demasiado fácil mirar con decepción cuando esa persona no cumple los “estándares de normalidad social”. Es demasiado fácil decir “estás arruinando tu vida” sin saber que ya esa persona se siente horriblemente arruinada.

Los monstruos son reales.

Los monstruos son tan reales que duelen, porque ser real duele, porque el dolor duele, porque llorar duele, porque las personas duelen, porque los actos duelen, porque las palabras duelen, porque la incomprensión duele, porque la ignorancia duele, porque la ausencia duele, porque la presencia duele, porque ser tú… duele.

¿Quién sabe de monstruos? Yo sé de monstruos, y por eso lo entiendo, ¿pero tú lo entiendes?

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