Soy tremenda, estas sobre aviso.

 

Y creo que venía con las instrucciones de uso cuando me encontraste. No diré que sea estrictamente alguien especial, pero sí, que me escabullo cuando me siento incomoda. Vengo de una vida repleta de altibajos en esto del amor, de forasteros que traían consigo promesas entre sus dedos, de miradas, besos y caricias en autos, colchones, y casas ajenas.

 

 

 

Sí, estoy hecha de todo eso. Y una que otra cursilería junta, pues también quise y me quisieron, aunque no supieron cómo, ni en qué proporción. Mi piel quizás esté hecha de retazos de otras pieles, pues muchas veces fui el mapamundi de unos dedos que por largo tiempo quise.

 

 

Soy igual que el resto de mujeres, tengo y conservo a ese primer amor, lloro en silencio cuando recuerdo momentos, río a solas recordando cada una de mis travesuras, aventuras en otras pieles y a muchos que deje con solo provocación. Fui tremenda, y creo conservar un poco de eso, porque empecé a darle rienda suelta a una de las etapas de mi vida hace menos de cinco años atrás.

 

 

También deje muchos otros corazones rotos, algunos no fueron con intensión. Y de todos y cada uno de estos más los otros, aprendí una lección. Sí, fui inquieta en esos asuntos, y me aventuraba a averiguar otros más, era un poco atrevida cuando estaba segura de hacerlo y si no, sencillamente daba la vuelta y me dejaba ir.

 

 

Y es que a cierta edad de tu vida, empiezas a vivir y experimentar tu lado más sen-sual. Sales, vas de fiesta en fiesta y de aventura en aventura sin concretar nada. Vuelves a ser esa pequeña niña que desde muy pequeña inventaba, solo que de grande involucras a un centenar –o menos- de mortales. Y si de eso no te sientes complacido, también vengo con derecho a devolución, pues aun sigo siendo tremenda.