Un cambio de estación.

Desde niña me habían educado con eso de crecer, trabajar, formar un hogar y miles de cosas más; lo que nunca nadie me había dicho es cómo ocurriría ese pequeño cambio, esa transición entre “dejar” por así decirlo, la vida de mujer soltera, libre e independiente por algo que ahora cambia el resto de nuestra vida. Y sí, tal vez de eso se trata la vida, pero de cierta forma causa un poco de miedo, de intriga, es desconcertante saber qué sucederá luego, si haré las cosas bien.

 

A este paso ya poco importa lo que suceda, dejas de planear pues parte de tus planes casi perfectamente establecidos caen de tus manos, y quizás sea eso, no existe tal perfección la vida te cambia de un momento a otro, y todo por el simple hecho de que eres mujer, porque debes florecer al igual que las otras flores, porque un invierno sin un verano presente siempre nos mantendrá fríos y ausentes.

 

Hay que cambiar de estación, avanzar aunque el cuerpo se nos llene de miedos y la mente de inanición, de nada sirve pensar y pensar, trabando todas las ideas buenas en nuestra cabeza, por culpa de un par de tontas ideas terroríficas de que no podrás, porque todos sabemos, absolutamente todos que lo bueno siempre costará y que para crecer como se debe de vez en cuando vale la pena caerse un poco, estropearse y aprender que la citarices que queden serán producto de un nuevo avance, de una nueva estación en nuestra vida.