Yo no tengo intenciones oscuras, a menos que apagues la luz.

Suelo ser tranquila, con la mente en el puesto y el cuerpo en una total calma. Pero esa sensación poco me dura.

 

Y es que justamente cambio de opción cuando estoy a oscuras en su habitación, es como si mi mente le ordenara al cuerpo estar más que presente a su lado, se disipa en mí un descontrol que poco conocía. Llego con toda su fuerza y brío para sacarme de mis rieles, los que de alguna u otra forma creí controlaría.

 

Pero no es así, bajo la luz soy una persona y sin ella soy una muy distinta. Estoy a expensas de lo que él quiera, como si controlara cada parte que hay en mí, me observa y me tiene en su control como cualquier marioneta en las piernas de un actor.

 

Es entonces como la vida parece colocarme al filo de mis acciones, pues no tengo control total de ellas cuando él está presente; me toma, me suelta y me vuelve a tomar, pues en el fondo sabe que mi cuerpo ya no es mío y que no lo puedo controlar. Termino cediendo entonces con todos mis sentidos en el bolsillo, y es que como dije no tengo intenciones oscuras pero al apagarse todas las luces cambio definitivamente de opción, incluso de cuerpo y de  mente.

 

Porque todo lo bueno que debería estar presente en mí se desaparece de pronto sin poderme resistir, le da la mano a él y le acepta todas sus intenciones sin importar cuanta calma lleve yo por dentro.